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La fragilidad y el deterioro cognitivo elevan el riesgo tras un infarto en mayores

Un estudio del IBIMA Plataforma BIONAND con pacientes del Hospital Virgen de la Victoria halla que tres de cada cuatro mayores con fragilidad y deterioro cognitivo sufrieron complicaciones en el primer mes tras un síndrome coronario agudo.

Redacción · Publicada el 21 de septiembre de 2026

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Foto: IBIMA Plataforma BIONAND
Un estudio liderado desde el Instituto de Investigación Biomédica de Málaga y Plataforma en Nanomedicina (IBIMA Plataforma BIONAND) concluye que la fragilidad física y el deterioro cognitivo, más que la edad por sí sola, permiten identificar a los pacientes mayores con más riesgo de sufrir complicaciones tras un síndrome coronario agudo, es decir, un infarto o una angina inestable.

La investigación, publicada en la revista European Journal of Cardiovascular Nursing, siguió a 211 pacientes de 70 años o más ingresados por este motivo en el Hospital Universitario Virgen de la Victoria de Málaga. En el trabajo también participaron profesionales del Hospital Universitario Costa del Sol, el Hospital Regional Universitario de Málaga, la Facultad de Medicina de la Universidad de Málaga, el Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Cardiovasculares (CIBERCV) y el Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña.

Uno de cada tres participantes (el 32,7 %) presentó al menos una complicación clínica en los primeros treinta días, contando tanto el ingreso como las semanas posteriores al alta. Entre esas complicaciones se incluyeron hemorragias moderadas o graves, infecciones, insuficiencia cardiaca, arritmias, nuevos episodios coronarios, necesidad de una nueva intervención, ictus, daño renal agudo y fallecimiento.

Quienes tenían fragilidad o deterioro cognitivo sufrieron complicaciones con más frecuencia que quienes no presentaban ninguna de esas dos condiciones: un 41,7 % frente a un 25,2 %. El riesgo se disparó cuando coincidían ambas vulnerabilidades a la vez, ya que el 72,7 % de esos pacientes tuvo al menos un episodio adverso durante el primer mes.

El estudio evaluó también la capacidad para las actividades básicas de la vida diaria y la presencia de otras enfermedades. Tras ajustar los resultados por edad, sexo, índice de masa corporal y el resto de indicadores geriátricos, el deterioro cognitivo mantuvo una relación independiente con la aparición de complicaciones en el primer mes.

Según explican los investigadores, «la evaluación de la fragilidad y del estado cognitivo puede aportar información complementaria muy relevante para identificar a los pacientes mayores que necesitan un seguimiento más estrecho, una planificación del alta más individualizada y una mayor implicación de familiares o cuidadores».

El trabajo exploró además si estas dos vulnerabilidades se relacionaban con determinadas características de las arterias coronarias observadas mediante angiografía. Los pacientes con fragilidad y deterioro cognitivo mostraron con más frecuencia calcificación y una afectación más extensa en la lesión responsable del episodio, además de otras diferencias como mayor presencia de enfermedad en un solo vaso y de trombos en lesiones distintas a la que causó el episodio agudo. Los propios investigadores señalan que estos hallazgos angiográficos proceden de un grupo reducido de pacientes y deben tomarse como exploratorios, a la espera de confirmarse con estudios más amplios.

Una de las aportaciones del trabajo es que estas vulnerabilidades pueden detectarse con herramientas breves y sencillas, aplicables en la práctica asistencial habitual. Durante los primeros días de hospitalización, el personal de enfermería cardiovascular administró la escala FRAIL para valorar la fragilidad y el cuestionario de Pfeiffer para detectar alteraciones cognitivas, además del índice de Barthel para medir la autonomía funcional y el índice de Charlson para valorar otras enfermedades. En la aplicación e interpretación de estas pruebas colaboraron profesionales de psicología sanitaria.

Según el estudio, incorporar estas valoraciones desde el ingreso permitiría adaptar la información y la educación sanitaria al estado cognitivo de cada paciente, reforzar el seguimiento del tratamiento, implicar a los cuidadores y organizar una vigilancia más cercana en las primeras semanas tras el alta, así como identificar a quienes podrían beneficiarse de una atención conjunta entre cardiología, enfermería, rehabilitación, nutrición, psicología y trabajo social.

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Foto: IBIMA Plataforma BIONAND